En este siglo, como se ha señalado muchas veces, es el siglo de la emigración, forzada y voluntaria. Es decir, un siglo de despedidas sin fin, y un siglo atormentado por los recuerdos de aquellos despedidas. La angustia repentina de lo que falta ya no está allí es como si de repente viene en un frasco que ha caído y roto en fragmentos. Solo que recoger las piezas, descubrir cómo encajan entre sí y luego pegarlas cuidadosamente el uno al otro, uno por uno. Con el tiempo el frasco se vuelve a montar, pero no es el mismo que era antes. Se ha convertido en deficiente, y más precioso. Algo similar sucede con la imagen de un lugar querido o una persona amada, cuando se conserve en la memoria después de la separación.
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